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El “gran enemigo” del Paraguay es la corrupción El recor

El recordado pastor Armín Ihle, ciudadano honorario del Paraguay, quien tuvo una destacada actuación en defensa de los derechos humanos durante la dictadura stronista, afirmó recientemente tras recibir un galardón en Montevideo, donde actualmente reside, que el “gran enemigo” de hoy del Paraguay es la corrupción. El pastor tiene toda la razón. La corrupción es una lacra moral y un lastre para el progreso socioeconómico del país, por lo que debe ser atacada con coraje y firmeza allí donde se la encuentre. Una atenta y perspicaz contraloría ciudadana debe instalarse a lo largo y ancho del país, con la misión de perseguir a los delincuentes. No se trata solo de ejercer las libertades constitucionales para protestar contra los corruptos, sino también de cumplir con el deber moral de denunciar la comisión de delitos de acción penal pública ante la Fiscalía, la Policía Nacional o los medios de comunicación. La liberación del miedo que se le tenía a la dictadura stronista debe servirnos para poner en la cárcel a los ladrones de fondos públicos.

El recordado pastor Armín Ihle, ciudadano honorario del Paraguay, tuvo una destacada actuación en nuestro país durante la dictadura de Alfredo Stroessner. Amparó a los perseguidos políticos y consoló a sus familiares. Como su gran amigo Mons. Ismael Rolón, defendió los derechos humanos con vigor y coraje, dando ejemplar testimonio de cristiano amor al prójimo. Trabajó por la libertad, como acaba de recordarlo tras recibir recientemente un galardón en Montevideo, donde hoy reside. Sigue amando a nuestro país, donde vivió en total veintiún años, tiempo suficiente para conocerlo bien y afirmar que su “gran enemigo” de hoy es la corrupción.

El pastor Ilhe tiene toda la razón. El Ministerio Público está investigando a políticos y a funcionarios de hoy y de ayer por denuncias sobre daños patrimoniales por un valor total de unos 725.000 millones de guaraníes (unos 170 millones de dólares), a los que naturalmente habría que sumar los daños causados por hechos aún desconocidos. Los corruptos son muy voraces y conspiran cada día contra el país, constituyéndose así en su principal enemigo, como bien lo expresa el religioso.

La salud, la educación y la infraestructura vial son calamitosas no necesariamente por falta de dinero público, sino porque los fondos fueron y son mal asignados, y se desviaron y desvían hacia funcionarios y contratistas corruptos. La administración de justicia es deplorable porque hay fiscales y jueces venales, y no porque sean insuficientes o estén mal remunerados. Las tierras distribuidas por el Estado carecen de título no tanto porque los funcionarios sean incompetentes, sino porque esperan ser sobornados. Hay empresas de propiedad estatal que son deficitarias no solo porque tienen un exceso de empleados, sino también porque se amañan licitaciones, se abultan los precios o se pagan por obras no realizadas. Las ciudades son poco acogedoras porque los intendentes y los concejales se aprovechan de los recursos materiales que deben destinarse a la construcción de obras y la prestación de servicios. Los políticos instalan en la administración pública a ineptos allegados suyos y hasta cobran un porcentaje de sus salarios, porque se valen de sus cargos para traficar con influencias.

En fin, si el crecimiento económico de los últimos años no ha servido para paliar tantas carencias sociales es porque la corrupción ha contaminado no solo al sector público, sino también al privado. “Es como una segunda piel”, dice el pastor Ihle, y no está descaminado.

Muchas veces falta la conciencia del delito, es decir, se roba al Estado, se practica el nepotismo o se abultan los precios como si todo ello fuera lo más natural del mundo. Desde luego, en las altas esferas se incurre en esas fechorías a sabiendas, pero confiando en la impunidad que brinda el dinero mal habido. Los principios morales inculcados en las familias y en los centros educativos tienden a ceder ante el contagio de las prácticas indecentes. Al ver prosperar a tantos sinvergüenzas, los buenos pueden cansarse de ser honestos y a temer ser tildados de ingenuos. Los delincuentes de guante blanco deben ir a la cárcel para que no se conviertan en un modelo para sus conciudadanos y, en especial, para las nuevas generaciones.

El pastor Ihle ve en el campesino la reserva moral que ha de servir para luchar contra la corrupción. En efecto, ese labriego que trabaja la tierra de sol a sol conserva valores que pueden servir como antídoto contra ese veneno que carcome el cuerpo social. Ese campesino austero, que no soborna, ni sobrefactura, ni roba al erario, ni realiza viajes de placer con fondos públicos, ni deja pasar contendedores “en frío”, ni compra notas o temas de exámenes, tiene suficiente autoridad moral para alzarse contra el “gran enemigo”.

La falta de rutas transitables durante todo el año; de centros de salud con medicamentos y bien atendidos, y de escuelas adecuadamente equipadas, es el resultado del descarado constante robo de fondos públicos por parte de los administradores corruptos y sus cómplices en el ámbito privado, como el caso de los dirigentes de la Federación Nacional de Productores Frutihortícolas del Paraguay (Fenaprofhp) y los exministros de Agricultura y Ganadería Enzo Cardozo y Rody Godoy.

Los campesinos, sus comités, haciendo uso de los medios de comunicación a su alcance, deben denunciar a los funcionarios públicos corruptos, sobre todo en las áreas de los ministerios de Agricultura, de Educación y de Salud, que son los que más perjudican su presente y su futuro.

Quien roba al Estado, nos roba a todos. Es el “gran enemigo” que nos priva de un presente mejor y de un futuro promisorio. Desde luego, como señala el prestigioso pastor, no surgió recién en 1989, sino que es una herencia del stronismo. Basta releer la carta pastoral “El saneamiento moral de la Nación”, emitida hace 35 años, en 1979, por la Conferencia Episcopal Paraguaya, para darse cuenta de que la corrupción no es ninguna novedad. En ella se habla de “la mala administración de la justicia y la excesiva tolerancia observada en casos repetidos de transgresiones públicas y privadas y la impunidad de que gozan sus autores”. A estas líneas, que podrían haber sido escritas hoy, se suman otras en las que se deplora “la quiebra de los valores morales”, la que exigiría como respuesta la conversión personal y el saneamiento de las instituciones públicas y privadas.

La corrupción es una lacra moral y un lastre para el progreso socioeconómico del país, por lo que debe ser atacada con coraje y firmeza allí donde se la encuentre. Una atenta y perspicaz contraloría ciudadana debe instalarse a lo largo y ancho del país, con la misión de perseguir a los delincuentes. No se trata solo de ejercer las libertades constitucionales para protestar contra los corruptos, sino también de cumplir con el deber moral de denunciar la comisión de delitos de acción penal pública ante la Fiscalía, la Policía Nacional o los medios de comunicación. La liberación del miedo que se le tenía a la dictadura stronista debe servirnos para poner en la cárcel a los ladrones de fondos públicos.

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