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El sádico encanto de Félix Bautista

Ante la solidez probatoria y argumentativa del expediente acusatorio de la procuraduría, soy de los que piensan que finalmente Félix será “autorizado” para que se someta confiadamente a un proceso judicial y apaciguar de esta manera la sed social de justicia, deuda añeja de nuestra cultura de omisiones

José Luis Taveras

Abogado corporativo y comercial, escritor y editor.

Nunca pudo sospechar la suerte que le depararía la vida. Fraguado, a duras penas, en las miserias ancestrales de la región más deprimida del mapa, Félix Bautista corona su existencia con la gloria de ser hoy el hombre más poderoso de la República Dominicana.

Probablemente sus privaciones le negaron, en el pasado, conocer la obra de grandes genios del poder como Joseph Fouché en el periodo revolucionario y napoleónico francés, o Yefímovich Novikh Rasputin durante el reinado de Nicolás II en la Rusia zarista.

Sin proponérselo, el rico senador sureño ha reeditado, a modesta talla, la grandeza de estos hombres hasta el punto de merecer la misma opinión que Honoré de Balzac tenía de Fouché cuando dijo que “influyó muchísimo más de lo que dictaban las apariencias en el curso de los acontecimientos de su época”. Justamente Bautista, de apariencia quebradiza, ordinaria y mansa, tiene detenida la marcha de no muy pocos procesos políticos.

Si tuviera voluntad propia, una sola palabra de su boca bastaría para conmover todo el armazón de poder que sostiene nuestra endeble gobernabilidad, pero nunca se puede esperar decisiones nobles de “grandes plebeyos” como calificara Francis Bacon a esos “hombres opacos pero necesarios del poder”.

Bautista le debe lo que es a tres condiciones de escasa concurrencia en un solo humano: la lealtad, la discreción y la habilidad, “virtudes” que de alguna manera se entrelazan en la personalidad de los seres que vagan, como espectros fantasmales, “detrás del trono”.

Leonel Fernández encontró en Félix justo lo que precisaba: alguien de utilidad no desechable que no rozara su dimensión intelectual, fiable y de personalidad circunspecta.

Bautista se convirtió en el hombre “del poder en la sombra” con quien había que hablar en ese húmedo y oscuro rincón que las murmuraciones pueblerinas de la Besançon de Stendhal llamaban “el sótano del trono”, allí donde se abandonan los protocolos, se descifran los códigos, se desatan las sinceridades y se desnudan los intereses.

Así, mientras Leonel, centrado en su ensimismamiento, se ocupaba de su culto personal, Félix se desvelaba en aquello que la cortesanía debe hacer: cuidar la hacienda del amo. Pero se le fue la mano en su celo y a Leonel en su confianza. Hoy las sábanas de las apariencias son muy cortas para cubrir tan oscuros tratos. Los desmames fueron enormes pero torpes, tanto como para suponer que gobernaban a una colonia de chimpancés –quizás han tenido razón–.

Los propios defensores de Leonel no han podido evitar la obligada relación con Bautista al proclamar que detrás de la cacería del senador lo que se busca es atrapar al león. Si no se presumiera esa relación no tendría sentido la asociación.

Hoy don Félix Bautista es una prenda de inestimable valor político para muchos intereses, algunos instalados en los mismos núcleos de su lealtad. El primer abonado en su destino es su señor, Leonel, quien ha hecho lo indecible para evitarle el trance, y no precisamente por razones solidarias, sino por riesgos políticos. Los malabares para eludir el proceso judicial han sido serpentinos. Evasiones pobremente disimuladas que solo evidencian el tamaño y el peso de lo puesto en juego. Un bulto cargado de heces.

Ante la solidez probatoria y argumentativa del expediente acusatorio de la procuraduría, soy de los que piensan que finalmente Félix será “autorizado” para que se someta confiadamente a un proceso judicial y apaciguar de esta manera la sed social de justicia, deuda añeja de nuestra cultura de omisiones.

Para los que conocemos la dinámica operativa del sistema judicial sabemos que el destino final de este caso será su segura dilución en el tiempo, a menos que una oposición no comprometida con la impunidad llegue al poder en el 2016 y tome su conducción como causa emblemática de la poética lucha anticorrupción. Ese es el miedo. Pero la política es circunstancial y ya una vez la guapeza gurabera se rajó cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, por aquello de que “yo no persigo presidentes”, como las corbatas azules ataviaron, en otra ocasión, un nefando pacto político que convirtió a Leonel en un Goliat.

Bautista es una siniestra hechura del desquiciamiento moral de Leonel. En su delirio, el amo no tuvo secretos frente a su criado. Eso es dañino, decían los mercaderes fenicios, porque el siervo puede abusar de las debilidades del señor. Pero ambos estaban embriagados. La sensación de plenitud que lubricaba los ambientes palaciegos los hacía levitar.

Leonel bajó del palacio pero el palacio no ha bajado de su mente. Está gravemente enfermo de gloria y no lo percibe porque el dispendio y el lujo lo siguen escoltando. A pesar de sus alucinaciones, pasa por uno de sus momentos más decadentes.Ha tenido que compartir su menguado liderazgo con Danilo y soportar la irreverencia de algunos de sus viejos colaboradores a los que tampoco les caería mal estar en las gradas cuando se desplieguen las carpas del circo judicial en contra del senador.

Estoy seguro que Leonel llevará la decisión al Comité Político para que todos queden igualmente atados –¿o embarrados?–.

Pero eso no será suficiente y en el camino se gestarán tramposas urdimbres para subvertir, contaminar y desprestigiar el proceso. Ya empezaron a demandar la renuncia del procurador ¡Qué asco!

Bautista no fue exactamente el Montesinos de Fujimori, quien controlaba de forma absoluta la seguridad e inteligencia del régimen. No es un hombre de esas dotaciones ni truculencias. Su gran talento es ser de la intimidad sombría del expresidente, con licencia para hacer en un país de permisiones. Eso lo saben sus compañeros de partido, esos que prefieren callar, aún masticando las palabras.

Leonel tenía un selectivo club del entorno empresarial. Esos se beneficiaron tanto o más que Félix de las oportunidades del poder, pero con una diferencia de fondo: mientras la fortuna de Bautista no pudo ser madurada en los destiladores del olvido social, la de estos contratistas estaba certificada por la estirpe, el aval clerical o la inmunidad que otorga el título de “empresario tradicional”, algunos de los cuales hoy se afanan, a través de sus medios, por marcar las distancias con Bautista a través de campañas agresivas de saturación.

Esos intereses periféricos, que financian a todos los candidatos, son los que se cobijan en su fachosa apoliticidad para comportarse como rufianes políticos. Alguien se ha preguntado ¿cuáles fortunas empresariales tuvieron un crecimiento exponencial en los gobiernos del PLD al amparo de esos esquemas privilegiados, concertados y apócrifos de contratación?; o ¿en cuáles empresas privadas están colocadas las inversiones de otros exfuncionarios sindicados por el rumor social o procesados? Son tan altos esos altares que Bautista no tiene vuelo de fe para llegar porque en esas latitudes ni a Leonel se le obedece; al revés, Leonel le prestó su posición, genuflexión retribuida, en ciertos casos, con la ingratitud.

Creo que la lucha por una gestión pública sana no debe ser discriminatoria, selectiva ni excluyente. La idea es diluirla a partir de la táctica expiatoria. En los últimos ocho años de Leonel se consolidó un capital empresarial multimillonario que participó en fuertes estructuras asociativas a través de las contrataciones de obras del Estado ¿dónde están?

Aquí hay muchos medios pontificando en calzoncillos, satanizando, inclusive, al mismo Bautista que ayudó a acrecentar la fortuna de sus dueños. Bautista no habla porque Leonel no lo deja y sabe que en momentos de zafra electoral, esos intereses volverán como las golondrinas si la Gallup los convence.

La lealtad de Bautista a Leonel es mística, trasciende lo humano. Si hay que coger prisión lo hará, siempre que con ello lo beneficie políticamente. Conocemos todos los condicionamientos que asfixian a nuestro postrado sistema judicial, pero creo que, al margen de las motivaciones que animan este sometimiento judicial, es un paso meritorio que toda la sociedad debe apoyar. El reclamo social debe ser frontal, decidido e irreductible. Es tiempo de tirar la piedra, ojalá rompa otros cristales Debemos reclamar que vayan todos los que están

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