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Un terrible abuso de la Policía Nacional en Baní

De aceptar barbaridades como estas, estaríamos ante la admisión de la más terrible de las sentencias ciudadanas: Este no es un país, sino una selva, y no habría razón para pensar que la decencia, el respeto a la ley son algo que tiene sentido en la República Dominicana de hoy, en los inicios del siglo XXI.

Agentes de la Policía Nacional han vuelto a matar y a mentir al mismo tiempo. Es la misma historia de siempre, el invento vulgar y delincuencial luego de halar el gatillo y matar a dos ciudadanos delante de sus hijos, dos adolescentes, que apenas comenzaban a conocer a su padre, recién regresado de los Estados Unidos.

Una disputa por una finca, propiedad de Santos Florentino Méndez, de 44 años, llevó a los agentes policiales a presentarse a la residencia del recién llegado de Estados Unidos, y asesinarlo a él y a su esposa, Olga Lidia Arias Mercedes, de 33 años. La historia es macabra. Un hermano del muerto también fue herido en la balacera, pero lo peor es que dos adolescentes de 13 y 15 años vieron cómo eran asesinados sus padres, y los obligaron a levantar los cadáveres y entrarlos en una camioneta, con la consiguiente advertencia de que las muertes habían ocurrido porque se resistieron a ser detenidos.

Estaban en su propia casa, en Bani, y los agentes fueron a la residencia de los Santos Florentino Méndez y Olga Lidia Mercedes, sin uniformes, sin la compañía de un fiscal y a ejecutar una orden policial que no tenía razón de ser. Un hermano de Santos Florentino, aprovechando su ausencia del país le falsificó los documentos de la finca y la hipotecó con papeles falsos a Milcíades Santana. Era un asunto de la justicia comprobar los hechos, no de la Policía. Santana acudió donde el comandante policial de Baní y este ordenó intervenir. Y la tragedia, con la estela de muertes, es la respuesta a esta irresponsabilidad de la Policía Nacional.

Luego de ejecutar a las dos personas en su propia residencia, y de herir a otras personas, los agentes policiales informaron que cumplían con su deber y que los muertos resistieron a los agentes. Una mentira que cualquier puede sospechar la dimensión que tiene, por lo pobre que resulta como argumento, y por lo socorrida que resulta. Ya no sirve esta patraña, estamos seguros que el general Manuel Castro Castillo tampoco la aceptará, porque no puede justificarse este comportamiento criminal.

El senador de Baní ya ha dicho, con su forma de hablar áspera, que ese fue “un crimen frío y un acto delincuencial que se ha cometido contra unas personas que estaban indefensas…”, según un reportaje publicado por el diario Hoy, escrito por Solange Batista y Fausto Soto. No es mucho lo que hay que investigar. El jefe de la Policía sabe que tiene que cooperar inmediatamente con el Ministerio Público en una investigación rápida y seria, que no oculte el trasfondo de corrupción que hay detrás de este atropello y de la vulgaridad vestida de oficialidad con un caso que no era ni podía ser competencia de la Policía Nacional.

De aceptar barbaridades como estas, estaríamos ante la admisión de la más terrible de las sentencias ciudadanas: Este no es un país, sino una selva, y no habría razón para pensar que la decencia, el respeto a la ley son algo que tiene sentido en la República Dominicana de hoy, en los inicios del siglo XXI.

Que se haga justicia, es lo que todos aspiramos en este horrendo crimen.

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