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¡Vuelven los paleros!
HAROLDO DILLA ALFONSO
ARTÍCULO

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Debo confesar que si por paleros entendemos algo más que una pandilla de abusadores ejerciendo la violencia contra la gente por razones políticas, entonces siempre ha habido paleros en nuestra democracia. Es más, diría que de alguna manera la nuestra ha sido una democracia de paleros. Especímenes como Vincho Castillo, su descendencia, el cardenal, buena parte de los diputados y senadores, Leonel Fernández, todos, son paleros simbólicos. Unos difamando, otros extorsionando desde el palacio, otros cobrando millonadas por no hacer otra cosa que legislar para sus propios intereses, todos ejercen la violencia contra la gente común, empobrecen, atemorizan, degradan.

Cuando el Tribunal Constitucional decidió expropiar los derechos ciudadanos de cientos de miles de personas, cuando la familia Castillo difama de cuanto se mueve y coloca en la cámara a su espécimen más impresentable, cuando el Cardenal llama carniceros a los partidarios del aborto e hijos del diablo a los homosexuales, y cuando un parásito político como Luis El Gallo Moreta decide sacar violentamente de la UASD a un grupo de haitiano y dominico-haitianos, cuando todo esto pasa, se está ejerciendo el oficio de paleros. Solo que nos hemos acostumbrado a convivir con toda la ignominia existente en nuestro sistema político, y por eso casi que lo consideramos normal, tan normal como cuando la policía asesina jóvenes en los barrios de la capital.

Reconozco, sin embargo, que lo sucedido hace unos días en la avenida Tiradentes tiene un significado especial. La foto de la señora tratando de retener su cartel, es decir su derecho a la expresión, de dos paleros peledeístas que tratan de arrebatárselo, es una imagen que debe conmovernos a todos. Ante todo, por lo que implica humanamente y por el abuso que evidencia. Pero también por lo que significa políticamente: pandillas políticas violentas atacando a un grupo de manifestantes pacíficos en plena vía pública, sin que las autoridades competentes hagan nada, sin que la gran prensa proteste y sin que Leonel Fernández –el motivo de toda la trama- dijera una sola palabra aconsejando moderación.

No creo que este hecho se pueda ver como un dato aislado de la política: es parte de una tendencia que hay que detener. Los últimos tiempos han sido de sorpresas, incluso para nosotros, los dominicanos y dominicanas, que hemos pasado por todos los sobresaltos del mundo.

Hacer un recuento excede los límites de este artículo, pero valga recordar que finalizamos 2012 con una reforma fiscal dirigida a pagar la continuidad del PLD en el poder y la consiguiente impunidad ante los actos de corrupción que tuvieron lugar en los ocho años de gestión de Leonel Fernandez. Y que muy poco tiempo después, nos lanzamos de clavado en un lodazal con la sentencia del Tribunal Constitucional que despojaba ilegalmente de la ciudadanía a miles de personas de origen haitiano.

En aquellos días, todos recordamos, las pandillas fascistoides capitaneadas por la familia Castillo y otros aliados del PLD se lanzaron a la calle para reclamar muerte-a-los-traidores. Y el gobierno de Medina dejó hacer, al menos el tiempo necesario para recorrer los peores lugares del escenario mundial, acusados justo de lo que habíamos hecho: un crimen político y una estupidez. Y cuando se cansó de dejar hacer, y nuestro prestigio como nación tocaba fondo, promulgó un decreto que no resuelve el asunto, sino lo pospone.

Y ahora, suceden dos cosas que causan espanto.

La primera, que nuevamente el Tribunal Constitucional sale a la palestra, declarando la incompatibilidad constitucional de nuestra afiliación de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que es decir, del sistema internacional de derechos humanos. Lo que no solo vuelve a colocar al país en una posición nada envidiable en la arena mundial, sino que de paso revela la torpeza y el atraso político e ideológico de un sistema judicial que fue modelado cuidadosamente por Leonel Fernández para garantizar su retorno a la presidencia.

Y ahora resulta que, cuando un funcionario gubernamental decide encauzar al bolsillo derecho de Leonel Fernández, un hombre que en menos de dos décadas de funciones estatales pasó de pobretón de zapatos rotos a multimillonario, una parte del estado se vira en contra. Y a pesar de todas las evidencias, es muy probable que nada suceda y que este asunto concluya con un acuerdo de aposentos y con Leonel Fernández repitiendo en la presidencia, que para eso están los recursos del estado.

No es que algo esté podrido en Dinamarca, sino que toda Dinamarca se va a podrir si no hacemos algo.

C

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