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OPINION: Ante dos denuncias, una justicia tuerta

En un momento particularmente importante en que se presentan dos denuncias ante la Fiscalía, caemos en la cuenta por el comportamiento de la autoridad, de que estamos ante el ejercicio de una Justicia tuerta.

En noviembre del 2013, la Red Nacional por la Soberanía, presentó por ante la Fiscalía de Santo Domingo, una denuncia querella contra los periodistas Juan Bolívar Díaz y Huchi Lora, por haber quebrantado el texto del art. 76 , del Código Penal, que representa la traición a la nación. La denuncia fue acompañada de abundantes pruebas y documentación, y mostrando con pelos y señales las menudencias de la infracción que se les imputaba.

He aquí el texto del Art. 76 del Código Penal:

Art. 76.- Toda persona que, desde el territorio de la República, se ponga o trate de ponerse de acuerdo con Estados extranjeros o con sus agentes, o con cualesquiera institución o simples personas extranjeras, para tratar de que se emprenda alguna guerra contra la República o contra el Gobierno que la represente, o que se les hostilice en alguna forma, o que, contra las disposiciones del Gobierno, se intervenga de cualquier modo en la vida del Estado o en la de cualquiera institución del mismo, o que se preste ayuda para dichos fines, será castigada con la pena de treinta años de trabajos públicos. La sanción susodicha alcanza a todo dominicano que desarrolle las actuaciones mencionadas aunque ello se realice desde territorio extranjero.

La Justicia que obra en el presente es incapaz de indignarse ante las demostraciones de hostilidad a la nación, manifestada de muy diversas maneras:

Confabulación con el poder extranjero para arrebatarnos la soberanía. Una porción de las deposiciones que hizo don Juan Bolívar ante la CIDH y de las propaladas por Amnistía Internacional se basan en su acusación de que nuestro país es una nación “xenófobos, racistas y autores de un genocidio civil”. A ese atropello se añade la petición a la CIDH para que intervenga en los asuntos internos del país (artículos, declaraciones, informes, despachos de prensa). Toda esa documentación ha contribuido al descrédito de la República Dominicana y ha sido empleada por el Gobierno de Haití y por el Presidente Martelly en su campaña internacional llevada a cabo en el seno del CARICOM y ante la Unión Europea.
El odio que profesa contra la nación el laureado periodista lo ha llevado incluso a desconocer rotundamente la soberanía dominicana. Según sus propias declaraciones estamos hablando “a nombre de una soberanía que ya no existe. Porque la soberanía está limitada hace tiempo por múltiples tratados internacionales.”. Muy bien, don Juan. ¿En qué tratado internacional nos comprometimos a renunciar a la autodeterminación? ¿Cuándo decidimos privarnos del derecho a definir la nacionalidad? ¿En qué texto jurídico abandonamos el deseo de ser independientes y soberanos con relación a Haití?
Durante meses le hemos oído y leído una salva de insultos nauseabundos, acompañado en esa ocasión de su colega don Huchi Lora, contra el Tribunal Constitucional. Por otra parte, en un acto celebrado en la Universidad Primada proclamó lo siguiente: “La sentencia no tiene precedentes en la Historia. A no ser el de Adolfo Hitler cuando desnacionalizó a una nación entera. Cuando persiguió y mató, sembrando el terror y la desgracia con sesenta millones de muertos en la _Segunda Guerra Mundial. Estas decisiones lo que siembran es odio y están abocándonos a situaciones imprevistas”. Compara a los jueces del TC con los criminales nazis Descalificación propia del odio y del terrorismo verbal.
Lo que resulta verdaderamente inquietante es que un Grupo de Prensa que sabe por sus propias encuestas que la práctica, los comentarios y la actitud de sus figuras más relevantes pisotea el sentimiento mayoritario de los dominicanos (93% según la Gallup-HOY, 2015) insista en ensañarse contra esa población, y quiera hacer saltar por los aires el patriotismo.
Ambos son dos personalidades importantísimas del periodismo dominicano. Don Huchi, compositor de canciones, director de programas de gran audiencia; don Juan Bolívar, coordinador de los medios del Grupo Corripio, director de varios programas, Premio Nacional de Periodismo, figura relevante de Participación Ciudadana, ex embajador de la República y un largo etcétera. Todos esos méritos, no les dan derecho a destruir el proyecto nacional que constituimos los dominicanos. Han empleado todo el inconmensurable e influyente poder de que disponen, para, en esta batalla en la que nos encontramos, promover la suplantación del pueblo dominicano. Se refieren a nuestro país como si no existiéramos. Como si no tuviésemos derechos a los empleos, a la salud, a la educación, al bienestar, al territorio, a ser defendidos como pueblo por los medios que ellos dirigen, a ser redimidos de la pobreza y del olvido. Nuestro país puede integrar personas extranjeras; lo ha hecho magníficamente con inmigrantes venidos de todos los confines del mundo. Es ésta una de las naciones más hospitalarias del continente. Lo que no puede hacer es integrar a otro pueblo para que lo suplante; desquicie su cultura; destruya su identidad y arrase a sus instituciones.
En el ejercicio profesional de estos señores se observa un menosprecio por lo dominicano. Ante unos mismos hechos, según provengan de Haití o de nuestro país, se aplica una indignación selectiva. Cuando Pascual Ramírez fue decapitado en el barrio de Herrera por un empleado haitiano para robarle (8/5/2009) no hubo protestas; los medios callaron. Cuando el hermano de Ramírez, en venganza, le arrancó la cabeza al hermano del haitiano asesino, Carlos Nerilus, entonces se convirtió en un hecho internacional. Montañas de acusaciones fue lanzadas en contra del país por todos estos grupos y por la Cancillería haitiana. Al parecer el crimen sólo es condenable cuando puede serle imputado a un dominicano, cuando los haitianos delinquen y matan, no hay que decir nada para no darle la razón a los nacionalistas. Cuando unos camioneros dominicanos son asaltados en Haití; quemadas sus patanas; robadas, sus mercancías; y secuestrados, y en algunos casos, asesinados; nadie informa ni pide Justicia. Porque no hay que darle la razón a los nacionalistas. ¿Quién le hace justicia a las familias de Claudio Báez Gómez (6/9/11) a los camioneros dominicanos secuestrados (23/11/12) en ese país, y a Carlos Aníbal Campusano (15/11/12), del cual aún no se tienen noticias? Muy bien. Los dominicanos no merecemos que ustedes se indignen por la impunidad y por lo que nos acontece. Tampoco los demás extranjeros gozan de esa consideración. ¿Qué decir del hacendado italiano Francesco Maniscalco, asesinado a machetazos por dos haitianos (1/1/15) en Montellano y del ciudadano alemán Manfred Kobesh, ultimado por un haitiano, en Sosúa (20/8/13)? Si callar los atropellos que nos hacen los haitianos, en nuestro país, no es falta de ética ¿Qué es, entonces, la falta de ética? ¿Porque callan permanentemente lo que nos afecta, y sólo les interesa degradarnos como pueblo y como nación?
¿Cómo es que con semejante comportamiento no han quedado descalificados para informar?

El caso quedó olvidado y archivado por la Fiscalía.

Muy otra ha sido la actitud del Ministerio Público, cuando los periodistas presentaron una denuncia contra el doctor Luis Díaz Estrella por declaraciones verbales. En esa ocasión se le dio curso a la querella; colocaron al propio Jefe de Policía como encargado principal de las investigaciones de la rocambolesca trama, y el Ministerio Público actuó con mucha diligencia. Editoriales de los grandes diarios, comunicado del CONEP, declaraciones de los líderes políticos y una montaña de despachos de prensa procedentes del mundo, llamando, de manera insinuante, que sean arrestados los nacionalistas, que se hagan juicios severos por supuestas intenciones, no fundado en los hechos comprobables.

Señalaron al Dr. Luis Díaz Estrella, un médico mocano, muy respetado, sin fama de delincuente, y que goza de gran prestigio en todo el Cibao. Porque opera, como cirujano para la Fundación Sonríe, a los niños que padecen del labio leporino. El propio coronel de la policía al cual se le ordeno apresarlo, se presentó ante las puertas del quirófano, al momento en que el doctor Díaz Estrella, intervenía a cuatro niños.

Al día siguiente, se presentó ante la fiscal de Santiago, acompañado de unos buenos dominicanos, dispuestos a enfrentar los cargos que habrían de imputarle los señores periodistas. A las puertas de la Fiscalía, los acompañantes gritaron exactamente las declaraciones que había hecho Díaz Estrella, y se inculparon, para ser acusados y arrestados. El pueblo pondrá en la balanza el valer de unos y otros. En realidad, el Dr. Díaz Estrella lo único que ha hecho es expresar su indignación ante la desintegración de su patria, de algún modo, capitaneada por una cáfila de traidores, que emplean su vastísima influencia para insultar a los que defienden la soberanía, para burlarse de la historia dominicana, y para servir al hundimiento de la nación

Durante una de las convocatorias de don Juan Bolívar, hecha en el Paraninfo de la Universidad Primada, apareció una pancarta que ha sido asumida como ideario de estos señores: “prefiero ser traidor a la patria, antes que serlo a la Humanidad”. Expresión completamente descabellada. Se proclaman traidores por partida doble. Porque han decidido traicionar a la porción de la Humanidad que representamos los dominicanos, tan importante demográficamente como lo es la haitiana. Segundo, porque traicionan a la otra porción de la Humanidad , la mayoritaria, que defiende la soberanía, el derecho a la autodeterminación de los pueblos y la independencia de las naciones. Es decir, a toda la que se halla representada en las Naciones Unidas.

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