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Carta a Alejandro Moscoso Segarra

El destino nos ha colocado en lugares cimeros donde hoy se instalan costosos intereses. Nos enlazan vivencias episódicas del pasado. No hay que ser generoso para admitir que fuiste uno de los mejores titulares del desaparecido Comisionado de Apoyo y Modernización de la Justicia. Recuerdo cuando me llamaste para decirme que respaldarías el anteproyecto original de ley de sociedades comerciales. Lo hiciste tuyo, te entregaste aún más de lo que tu obligación te imponía. La ocasión propició un cercano trato personal que reveló tempranamente la sobriedad de tu carácter. Siempre me persuadió esa forma afable de distinguirme. Ser fiscal tampoco infló tu templada autoestima. Nunca has sido un hombre de pompas ni tablas.

A pesar de que muchos te han descalificado como juez imparcial, por tu militancia partidaria, tal juicio no ha menguado mis convicciones sobre ti; sigo prendido del hombre que conozco. Sin embargo, debo admitir que estás sometido a fuertes constreñimientos y que, como decía Ortega y Gasset, “el hombre es él y sus circunstancias”. No dudo de ti, pero sí de “tus circunstancias”. Sé que estás entre un cerco intimidante que pretende arrinconar tu decisión soberana. A mis oídos han llegado susurros de todos los matices y fuentes, los evado, convencido de que, a la postre, será tu decisión. Los intereses juzgados tratarán de reducirla a un mero trámite para poner en marcha la comparsa política que solo espera el desenlace favorable del caso. Debes tener cuidado, tu sentencia sí importa, y mucho, tanto que por ella se podrá escribir una nueva página en la infortunada historia de nuestras omisiones e impunidades. La nación espera atenta, no te niegues la oportunidad.

Hace unos días miré una foto de amplio plano que mostraba tu escritorio atiborrado de libros y carpetas. Lejos de animarme por saber que estás ocupado en producir un fallo motivado, me sentí preocupado porque la crónica revelaba detalles muy íntimos de tu despacho; mis aprensiones se ahondaron aún más cuando comprobé que el diario que reportó la nota se encuentra controlado por parte de los intereses disfrazados que juzgas. Sé que pondrás tus mejores empeños para sustanciar un fallo meritorio, pero me inquieta tu celosa laboriosidad en una fase de simple valoración de la acusación, donde, independientemente de las deficiencias técnicas del expediente, hay hechos irrebatibles que cualquier observador sin ser perito puede razonablemente reconocer. Ojalá esa dilatada pesquisa no sea para justificar jurídicamente lo que los hechos no pueden hacer, sofisma muy recurrible cuando se quiere llegar inexorablemente a un resultado ya preconcebido.

Respetaré, mi querido amigo, tu decisión, no así a los imputados ni mucho menos a sus jefes políticos. No me plegaré al fundamentalismo institucionalista que pretende dogmatizar las decisiones de los órganos públicos por el simple hecho de emanar de una autoridad competente, sin ponderar los apremios externos que gravitan en esa decisión. Hay una realidad inequívoca y concreta: nuestro sistema judicial se encuentra sojuzgado por condicionamientos muy severos de los poderes fácticos. Sustraerse a esa realidad es infame. Tú sabes las enormes presiones que recibes.

No cuestionaré los imperativos jurídicos que fundamentarán tu verdad, pero conozco, en su hondura hermenéutica, los estiramientos interpretativos que soportan las leyes al amparo de su carácter polivalente. Te recuerdo a Alonso de la Torre cuando afirmó que “la justicia no está en las palabras de la ley” porque, al decir de Montesquieu, “no existe peor tiranía que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia.” Estás ahí para descubrir la verdad y en su nombre honrar a la justicia, no para justificar con la legalidad un fallo prestado o acomodado. Antes de leer la doctrina, hurgar en la jurisprudencia y marcar los textos legales que formarán tu sano juicio sobre el caso, te invito al silencio reflexivo para que, a pleno sol de tu conciencia, recrees la memoria de tus hijos como expresión del futuro que juzgas en las nefandas obras de los procesados del presente. No podemos seguir premiando a la corrupción. Esta nación está en franca disolución y demanda el coraje de sus mejores hijos.

Alejandro, no te equivoques. Si llegaste a esa posición por gratitudes, traiciónalas dignamente. Este es el momento, no hay otro. Tú vales más que un millón de favores. Muchos de esos señores no tienen que perder, sólo conocen la “conveniencia del poder”, esa cosa aberrada que suele ponerle precio al servilismo o que valora el talento mientras le sea útil. Aquí abajo hay mucha dignidad esperando justicia. Su lamento pesa más que la promesa de un ministerio, una procuraduría o un depósito pesado en una cuenta bancaria. Sé que esas tentaciones las sabrás sortear. Son capaces de todo, han perdido el olfato moral para percibir su propio hedor; su obsesión de vida es el poder, única condición que los hace respetados o temidos; creen pisar las nubes en su avasallante andar, se sienten inexpugnables, pero son cobardes, no dan la cara, mandan a otros a afrentarse. Admito el lodo de tu entorno pero admiro la limpieza de tus manos. Creo en ti. Demuéstrale a esos intereses profanos que tu decisión es más digna que sus nombres, más valiosa que su dinero, más soberana que sus poderes y más sabia que sus trampas. La nación está contigo, amigo; ella te vigila. ¡Dios ilumine tu conciencia! Hasta el viernes, hermano.

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