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El cáncer de la corrupción

Y así como la radioterapia y la quimioterapia, al tratar de eliminar las células malignas, perjudican a las sanas, así culpables e inocentes caen, muchas veces, por igual ante los “intercambios de disparos”.

Pablo Gómez Borbón
Ingeniero Industrial, Magna cum Laude (PUCMM, 1991), Mágister en Negocios Internacionales y Negociación Intercultural, Magna cum Laude (Universidad de París X, 2004). Apasionado por la escritura, he colaborado con publicaciones en español, francés e inglés. Autor de “L’Espagnol de République Dominicaine de Poche”, guía de conversación para los turistas francófonos que visitan nuestro país
@BartPaulignac
“La corrupción es el cáncer de la sociedad”. He aquí una comparación que siempre me ha parecido válida. Hace poco leí, precisamente, un libro de divulgación sobre el cáncer, en el cual se le llama, justamente, “el rey de las enfermedades”. Dicha lectura me permitió descubrir que las similitudes entre cáncer y corrupción son mucho más profundas que lo que imaginaba. Sin ánimos de incursionar en el área de los oncólogos, me gustaría demostrar la validez de esta afirmación.

La célula es al cuerpo lo que el individuo es a la sociedad. Mientras las células y los individuos respetan las reglas – estén definidas en el ADN o en las leyes -, el cuerpo y la sociedad estarán sanos.

Una célula sana no se convierte en cancerosa de la noche a la mañana. Para que degenere, debe sufrir repetidas mutaciones, siendo la última la funesta, la que la convertirá en semilla de la muerte. Las mutaciones son a las células lo que los delitos son a los individuos. Un individuo puede robar, traficar con drogas o matar una primera vez y, si la justicia o las fuerzas del orden no realizan su trabajo, lo hará una segunda y una tercera vez, hasta que el crimen se convierta en su esencia, su objetivo, su nueva naturaleza, de la que ya no podrá deshacerse. Es así como la impunidad propicia que un individuo normal se corrompa, que se convierta en un criminal, en un delincuente.

Las células tienen también sus policías: Los glóbulos blancos, que tratarán de frenar el crecimiento del tumor. Pero las más de las veces fracasarán: El tumor se reproducirá a una gran velocidad. Por cierto, debo admitir que el símil flaquea en esta parte, pues en nuestra sociedad, las fuerzas del orden forman, muchas veces, parte del mismo tumor.

Una vez que aparece una célula cancerosa, la muerte del cuerpo no está lejos. Las células cancerosas se multiplican mucho más rápidamente que las células sanas, en parte por su capacidad de generar vasos sanguíneos que aporten al tumor la sangre necesaria para su crecimiento. En la sociedad, esta sangre es el dinero fácil, el dinero sucio (aunque lo hayan lavado).

Pero aquí no acaba el problema. Un tumor local – o primario, como dicen los médicos – tiene la facultad de contaminar a otros órganos, aunque estén lejos, utilizando la sangre como medio de transporte de las células cancerosas. Se habla entonces de metástasis. En cuanto a la sociedad, el cáncer primario es la clase política, cuyos individuos se mutan, se corrompen hasta el infinito en el caldo de cultivo de la impunidad, cáncer que ataca a los demás sectores sociales a través del dinero fácil, del dinero sucio, torrente sanguíneo de la sociedad.

Como en el cáncer, el avance de la corrupción se detecta, frecuentemente, demasiado tarde. Sobre todo cuando el sistema – el cuerpo, la sociedad – ignora, minimiza o confunde los síntomas. La cabeza es al cuerpo lo que el gobierno o el estado a la sociedad. Y como la cabeza, es la cúpula política la que ignora, minimiza o finge confundir los síntomas de la corrupción, expresados en el grito al cielo de los individuos serios sometidos a su flagelo.

Se tratará entonces de sanar la enfermedad con cirugías, radioterapias y quimioterapias.

Pero así como la cirugía extirpa del cuerpo las células malignas, así la cárcel tratará de hacer lo mismo. Pero de la cárcel los delincuentes salen rápidamente, más delincuentes que nunca.

Y así como la radioterapia y la quimioterapia, al tratar de eliminar las células malignas, perjudican a las sanas, así culpables e inocentes caen, muchas veces, por igual ante los “intercambios de disparos”.

Y cuando la curación es imposible, solo resta hacer los últimos días del paciente soportables: Para aliviar sus dolores, al cuerpo o a la sociedad moribunda se le pueden administrar ciertas drogas como el cannabis, el opio o la heroína. Drogas fácilmente accesibles en cualquier “punto” del país.

(Discúlpenme por esta radiografía tan optimista).

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